viernes, 19 de septiembre de 2014

En esencia; verdad ceremonial



Estrecha línea separa la vida de la muerte, la gloria del fracaso. De igual condición es el canto de la moneda en la cual, la escuela de Dios es la cara, y la puerta a los infiernos es la cruz.

Hieren el cielo plomizo afiladas puntas; unas son de acero, y otras dos coronan al rey que allí nos congrega. Hemos venido a sentir, y a aprender.

Los por qué de una vida regalada, tanto humana como animal, aquí obtendrán respuesta. Cuando diversos instintos entran en combate, sobrevuela el palenque una verdad obligada, e inmemorial.

El miedo anclado en lo profundo, más que nunca hace valorar la vida, gana de momento la partida el elemento “Elegido” por todos como bastión. Venerado, temido, de momento no vencido, sino vencedor.

El suelo adaptado al animal cimenta los honores del torneo, alfombra roja a una certera inteligencia albergada bajo los rizos del testuz. El cerco se abre ante miradas retadoras que no perdonan.

Polvo y voces que rompen el silencio instaurado por la tensión, tornan torneantes y lanceros con deseo de dominio famoso y único en este trance, lidia primigenia que no olvida el origen, almas e ilusiones depositadas en el rito durante siglos, ceremonia que empieza bastante antes, y termina mucho después.

Allí donde la verdad impera, donde lanza y pitón hieren siguiendo instintos que salen a la palestra en situaciones límite, estará un pueblo apelando a la identidad que hace de la tauromaquia un bien inmaterial inigualable, y legado transmitido a lo largo de los siglos.

El sentir en el valle de lágrimas se hace necesario, en esencia terrible lugar de ceremonias.



Jorge Rodríguez